Ella estaba llena de miedos.
Necesitaba encender una lucecita sobre su mesita de noche para poder dormir, no sin antes revisar que ningún monstruo se escondiera bajo su cama. Cuando iba sola por la calle de noche, no paraba de mirar hacia atrás, temerosa de que en cualquier momento unas garras la aprisionaran y la despedazaran en la oscuridad. Si despertaba en mitad de la noche y escuchaba la campana del reloj de casa, se cubría la cabeza con la sábana, porque sabía que con ese ruido, los monstruos despertarían e irían a por ella. Y claro, una sábana te protege de todos los males.
Todo lo que hacía, lo hacía para protegerse de las cosas malas.
Era una niña joven con la cabeza llena de mariposas de día y fantasmas de noche. A esa niña todavía no le habían enseñado que los monstruos no tenían garras afiladas ni colmillos henchidos de veneno. No tenían lenguas bífidas ni ojos inyectados en sangre. Los monstruos de verdad eran personas como ella, y podían destrozar su vida y sus sueños con tan solo una mirada lasciva y malas intenciones.
Mientras corría buscando a alguien que la ayudara, aprendió esa lección. Pero ya fue demasiado tarde.
A partir de aquel día, no volvió a encender su lucecita, ni volvió a mirar bajo su cama en busca de monstruos. Ya no tenía miedo de que unas garras desgarraran su piel en la oscuridad. Ni siquiera necesitó volver a taparse con la sábana al oír las campanadas de su reloj en plena noche. Algo en su interior se había roto y ahora se sentía sola en el mundo, y sin saber cómo arreglarlo.
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